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miércoles 26 febrero

Una historia del bingo: ¿Cómo comenzó todo?

El bingo es uno de los juegos más famosos que existen. Durante generaciones, miles de jugadores se han reunido para disfrutar del suspense, la emoción y la victoria de unos números sometidos al azar. Y los años no han actuado en su contra, porque las versiones online se han revalorizado notablemente. 

Pero, ¿te has planteado cómo comenzó todo? Aunque parezca un pasatiempo muy sencillo, tiene una trayectoria a sus espaldas que merece la pena conocer. Vamos a bucear en ella y a arrojar un poco de luz sobre esta materia: 

 

El origen del bingo

Podemos fijar el origen del bingo en las primitivas loterías que se celebraban en el siglo XVI. Ya por entonces los habitantes de la época disfrutaban de entretenimientos basados en números aleatorios. El primer referente es el Il Gioco del Lotto, una propuesta italiana muy similar a la versión actual de 90 bolas. En el siglo XVIII se popularizó en Francia para acabar convirtiéndose en un fenómeno de masas a nivel nacional, introduciéndose además una serie de modificaciones que lo asemejan a la versión contemporánea (cartones, fichas y un encargado de cantar los números). Se le rebautizó como Le Lotto y fue recurrente en los estamentos más privilegiados de la sociedad

Esta misma variación aterrizó en el Reino Unido ya entrado el siglo XIX, obteniendo un respaldo que ha sabido conservar hasta nuestros días. Si bien en este país no se realizaron cambios significativos en sus reglas y estructura, si apareció una alternativa denominada Bingo Lingo. Esta creación autóctona deriva de la jerga rimada “Cockney” y consiste en asociar una frase ingeniosa a cada uno de los números. En otros países Le Lotto se empleó como recurso educativo a fin de enseñar las tablas de multiplicar a niños.

 

 

La historia de la palabra "bingo"

La palabra "bingo" no surgió hasta que, ya en el siglo XX, entró en escena el vendedor de juguetes Edwin S. Lowe, un empresario norteamericano que lo comercializó bajo esta designación. Pero, ¿Cómo concibió el nombre? 

En 1929 nuestro protagonista se encontraba haciendo gestiones en una feria de Georgia (Estados Unidos). Entre unas cosas y otras centró su atención en un divertimento que se desarrollaba encima de una mesa con forma de herradura, poblada de tarjetas numeradas y frijoles. Tenía ante sus narices una clara variación de Le Lotto, que en ese circuito recibía el apelativo de Beano. Los participantes comprobaban continuamente sus tarjetas para ver si disponían de las cifras que iban saliendo. Si así era, colocaban los frijoles encima de los números hasta que se completaba una línea (horizontal, vertical o diagonal). En ese instante el agraciado saltaba de su asiento gritando ¡Beano!, y la partida concluía con un claro vencedor. 

Esto dejó un profundo impacto en Lowe, que al volver a New York quiso dar conocer el Beano en su círculo más próximo. El éxito fue arrollador, cosechando la misma emoción y entusiasmo que había visto en Georgia. En un momento dado, una de las ganadoras se atragantó con los nervios y empezó a tartamudear ¡B-B-B-BINGO! en lugar de ¡Beano!  Este momento fue el que inspiro el cambio de denominación. 

 

 

El impacto del bingo

Un día cualquiera, Lowe recibió la visita de un sacerdote llamado Wilkes-Barre, notable miembro de la comunidad. Su parroquia atravesaba una mala racha, precisando de un remedio rápido y económico para seguir oficiando. Uno de los feligreses sugirió que el bingo era el remedio ideal, y se organizaron unas jornadas para obtener los fondos necesarios. 

Nuestro amigo vio la luz de nuevo, y entendió que las posibilidades de recaudación eran enormes si optaba por comercializarlo. Al mismo tiempo, comprendió que un funcionamiento a gran escala necesitaba de más combinaciones numéricas. Para superar este bache, acudió al prestigioso profesor de matemáticas Carl Leffler, que concibió 6.000 nuevas tarjetas con grupos de cifras no repetidas.

La iglesia de Wilkes-Barre pudo seguir funcionando y la popularidad de Lowe se extendió a lo largo del país. Empezó a recibir todo tipo de cartas con dudas sobre las reglas del juego, lo que le llevó a escribir el primer manual oficial de instrucciones. También publicó un boletín que obtuvo más de 37.000 suscriptores. En definitiva, este brillante estratega consiguió cuantiosas cantidades de dinero que lo encumbraron como empresario. Desde entonces se han celebrado encuentros de gran magnitud, algunos con más de 40.000 asistentes. 

 

 

Historia del bingo en España

En España el bingo se empezó a jugar en el siglo XIX, pero las dictaduras de Primo de Rivera y Francisco Franco lo censuraron por más de 40 años. Con la llegada de la democracia el paradigma de este tipo de entretenimientos cambió para siempre. 

Las garantías recaudatorias de los juegos de azar se convirtieron en un suculento pastel, precipitando su regularización. De esta manera, dejó de ser una práctica clandestina y pasó a ser un entretenimiento popular con miles de seguidores. 

Los 80 fueron la edad de oro de las salas de Bingo, que agasajaron a los presentes con menús variados, bebidas alcohólicas y servicios de lujo. Ya en los 90 comenzó un cierto declive que dura hasta nuestros días. No obstante, las alternativas online han sabido revitalizarlo. 

Como puedes ver, el bingo ha funcionado a lo largo de los siglos porque no existe un prototipo de jugador. Cualquiera puede participar, y este hecho es profundamente democrática. Además, es un entretenimiento que posibilita la socialización y gusta porque contiene la emoción del suspense que solo se da en las partidas de azar. El usuario promedio tiene unos 45 años, pero los jóvenes comienzan a ser un nicho de mercado a tener en cuenta. 

Ya conoces la historia del bingo. Compártela con tus amigos y conocidos mientras echas una buena partida. Y recuerda, si juegas en casa siempre puedes recurrir a unos buenos frijoles. 

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